Del “therian” al “hobby dogging”: cuando una sociedad empieza a confundir imaginación con realidad compartida

No me preocupa que existan rarezas humanas. Han existido siempre.
hobby doggingLo que me preocupa es qué tipo de sociedad las convierte en tendencia, espectáculo y normalización cultural.

Ahora aparece el fenómeno de los “paseadores de perros imaginarios” (hobby dogging): personas que salen con correa, arnés y rutinas de paseo… pero sin perro. Según la cobertura mediática, la práctica se viralizó desde Alemania (Bad Friedrichshall) y se ha difundido en redes como curiosidad global, entre la burla y la fascinación. Algunos reportes la presentan como “entrenamiento mental”, “concentración” o preparación para futuros dueños.

Hasta aquí, alguien podría decir: “es inofensivo”.
Y quizá, en casos aislados, lo sea.

Pero antropológicamente esto merece una lectura más profunda:

Una civilización sana no se define solo por su capacidad de jugar, sino por su capacidad de distinguir:

  • juego y realidad,

  • símbolo y hecho,

  • entretenimiento y sentido,

  • expresión y regresión.

Cuando una sociedad empieza a celebrar conductas que simulan vínculos sin vínculo, responsabilidad sin responsabilidad y experiencia sin realidad, algo se está erosionando.

Porque un perro real implica:

  • cuidado,

  • límites,

  • compromiso,

  • gasto,

  • tiempo,

  • frustración,

  • adaptación a otro ser vivo.

Un perro imaginario permite el gesto… sin la carga de lo real.
La estética… sin el esfuerzo.
La escena… sin responsabilidad.

Y ese es, para mí, el núcleo del problema cultural.

No estamos ante “una simple excentricidad”. Estamos viendo un síntoma de época: una cultura que quiere los signos de la vida, pero no siempre la vida misma.

Queremos:

  • compañía sin conflicto,

  • identidad sin proceso,

  • comunidad sin compromiso,

  • expresión sin consecuencias,

  • y reconocimiento sin maduración.

Eso no es progreso. Eso es, muchas veces, infantilización.

Y no lo digo para ridiculizar a nadie. Lo digo porque

una sociedad que pierde contacto con la realidad, con el límite y con la responsabilidad,

se vuelve más frágil, más confusa y más manipulable

Podemos respetar a las personas, sí.
Podemos incluso comprender qué vacíos emocionales, qué soledades o qué necesidad de atención hay detrás de algunos fenómenos virales.
Pero comprender no significa idealizar.
Y tolerar no obliga a aplaudir.

A veces, una tendencia no revela creatividad.
Revela cansancio cultural.

Y quizá esa sea la pregunta importante:

¿Qué clase de sociedad estamos construyendo, si cada vez necesitamos más simulacros para soportar la realidad?

“El problema no es la rareza. El problema es cuando la rareza se convierte en sustituto de la realidad.”

Acerca de Raúl Tristán

Psicólogo Col. A-03021. Director del Centro para la Salud Mental y el Bienestar Emocional 'Escuela de Vida GAIA'.
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