Al principio os mirabais y os entendíais sin hablar.
Os buscabais con la mirada, con el cuerpo, con las ganas.
Ahora… apenas os tocáis. Apenas habláis. Apenas sentís.
No es que haya odio.
No hay gritos. No hay peleas.
Pero hay algo peor: el silencio.
La rutina.
Esa sensación de estar viviendo con un compañero de piso…
en vez de con tu pareja.
Y eso duele.
Duele mucho más de lo que se dice.
Porque te hace preguntarte si esto es el final…
o si todavía queda algo por salvar.
La buena noticia es que no estáis solos.
En terapia de pareja no se trata solo de “arreglar problemas”.
Se trata de reaprender a miraros,
a comunicaros desde la verdad,
a recuperar el deseo, la complicidad,
el proyecto que alguna vez soñasteis.
Si sentís que algo se ha roto,
pero no queréis rendiros sin intentarlo…
Estoy aquí para acompañaros.
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