Instituto Goya Zaragoza: machismo juvenil, postureo ideológico y la crisis de empatía en adolescentes

Cuando el insulto deja de ser una broma y se convierte en síntoma

Lo ocurrido en el Instituto Goya de Zaragoza no debería despacharse como una simple gamberrada adolescente. Según la información publicada, un grupo de alumnos de 2º de Bachillerato se fotografió formando con las manos la frase “todas putas”, y esa imagen fue remitida a una docente dentro del material audiovisual que se estaba recopilando para la graduación. Es decir: no fue solo una ocurrencia espontánea, sino una acción asumida dentro de un contexto grupal y escolar.

Ese detalle importa mucho. Porque cuando un insulto de este calibre ya no provoca freno interno, ni vergüenza, ni conciencia del daño, estamos ante algo más profundo que una mala broma. Estamos ante un síntoma psicológico, educativo y social.

Machismo juvenil y feminismo de postureo: una combinación explosiva

Hay un feminismo valiente, necesario y honesto, que se enfrenta de verdad a la violencia, a la cosificación y a la humillación de la mujer. Y hay también otra versión más cómoda: la del gesto estético, la consigna fácil, el posicionamiento moral prefabricado. Un feminismo de escaparate que se activa mucho en lo simbólico, pero que a veces calla ante formas de machismo que resultan menos rentables ideológicamente o más incómodas culturalmente.

Cuando los jóvenes perciben esa incoherencia, no todos reaccionan buscando más verdad. Muchos reaccionan con burla, distancia o rechazo. Y los datos apuntan justamente a un deterioro de la identificación feminista juvenil en España. El Barómetro Juventud y Género 2025 sitúa esa identificación en el 38,4%, frente al 50% en 2021, y describe un contexto de polarización en el que parte de la juventud percibe el feminismo como una herramienta politizada o manipuladora.

Esto no significa que el feminismo sea el problema. Significa que, cuando una causa justa se envuelve de hipocresía, pierde fuerza pedagógica y deja espacio para la caricatura, la reacción y el resentimiento.

La música, la cultura sexual y la degradación normalizada

No, la música no explica por sí sola un comportamiento como este. Pero tampoco es inocente el ecosistema cultural en el que crecen nuestros adolescentes. Parte de la música comercial, junto con otros productos culturales, presenta relaciones marcadas por la cosificación, la dominación, la disponibilidad sexual y el desprecio implícito hacia la mujer. Y lo hace envuelto en ritmo, deseo, estatus y éxito social.

La investigación lleva tiempo estudiando esta cuestión. Algunos trabajos han encontrado asociaciones entre la exposición a letras sexuales degradantes y conductas sexuales más precoces en adolescentes, así como la reproducción de determinados roles sexuales estereotipados. La clave no es pensar que una canción “provoca” directamente una agresión, sino entender que contribuye a banalizar ciertos esquemas, a convertir el desprecio en atmósfera y la degradación en paisaje simbólico.

Cuando, además, eso se mezcla con pornificación, viralidad, cultura del meme y recompensas sociales inmediatas, el lenguaje deja de vivirse como acto moral y pasa a consumirse como simple provocación.

¿Por qué algunos adolescentes son hoy más machistas que generaciones anteriores?

La respuesta no es única, pero sí podemos señalar varios factores psicológicos y sociológicos.

Por un lado, existe una reacción identitaria. Algunos jóvenes, especialmente varones, sienten que ciertos discursos públicos les interpelan no desde la responsabilidad, sino desde la culpabilización global. En vez de integrarse en una ética del respeto, responden con sarcasmo, resistencia o provocación. El problema aquí no es pedir responsabilidad; el problema es hacerlo a veces desde relatos pobres, simplistas o moralmente altivos, que no educan sino que polarizan.

Por otro lado, está la desinhibición grupal. En grupo, la conciencia individual se diluye. La vergüenza se comparte y la responsabilidad se difumina. Lo que una persona quizá no haría sola, lo hace acompañada por la recompensa de la risa, la pertenencia y el aplauso del grupo. La adolescencia, además, es una etapa especialmente vulnerable a estas dinámicas, porque el reconocimiento social pesa mucho más que la reflexión ética pausada.

Y a todo ello se suma la misoginia digital. Estudios recientes están analizando cómo la exposición a contenidos misóginos en redes y entornos digitales influye en comportamientos, climas escolares y percepciones entre adolescentes. La escuela ya no compite solo con la familia o con el aula: compite con algoritmos, comunidades tóxicas y formatos que premian la humillación, la simplificación y el desprecio.

Adultos para lo que interesa, niños para lo que importa

Hay otra contradicción de fondo que me parece decisiva. Esta sociedad declara adultos a los jóvenes para determinadas decisiones trascendentales, pero los sigue educando en una infantilización práctica cuando llega la hora de la responsabilidad cotidiana, del esfuerzo, del respeto, de la autonomía y de las consecuencias.

Se les invita a opinar sobre todo, a exhibirse, a definirse, a tomar postura, pero no siempre se les entrena para sostener límites, frustraciones, deberes, autocontrol ni sentido moral. El resultado es una madurez aparente y una inmadurez profunda. Mucha autoexpresión y poca autoconstrucción. Mucha consigna y poca conciencia.

Desde la psicología esto suele traducirse en varias carencias: baja tolerancia a la frustración, necesidad de impacto, dependencia del grupo, escasa empatía entrenada y dificultad para comprender el peso humano de las palabras. No es solo un fallo de disciplina; es una falla en la educación emocional y ética.

La sociedad de la solidaridad teatral y la empatía ausente

Vivimos una época extraña. Presumimos mucho de sensibilidad colectiva, de compromiso, de conciencia social, de causas nobles. Pero en lo concreto, en lo cercano, en el trato diario, observamos cada vez más rudeza, menos educación, menos respeto básico y una llamativa incapacidad de ponerse en el lugar del otro.

Nos emocionamos en masa, pero a veces nos deshumanizamos en singular.

El caso del Instituto Goya encaja en ese marco. Porque no revela solo un resto de machismo; revela también una quiebra de empatía. Para escribir con el cuerpo una frase así, para enviarla y compartirla sin sentir el daño, tiene que haberse anestesiado algo muy elemental: la percepción de la dignidad ajena.

Lo que veo como psicólogo y como padre

Como psicólogo, veo un cóctel de reacción ideológica, inmadurez afectiva, cultura de la cosificación, desinhibición grupal y pobreza empática. Como padre de dos hijas, veo una señal de alarma que no deberíamos rebajar con eufemismos.

No quiero una sociedad que se llene la boca de igualdad mientras permite que la degradación de la mujer siga circulando en forma de chiste, meme, canción o gamberrada escolar. No quiero una cultura que convierte todo en relato político, pero deja sin tocar la raíz educativa y moral del problema.

Qué haría falta de verdad

Hace falta menos teatro ideológico y más verdad. Menos consigna y más educación. Menos propaganda y más formación afectiva. Menos miedo a poner límites y más coraje para ejercer la autoridad educativa con sentido.

Hace falta enseñar a los adolescentes que la libertad sin responsabilidad degenera, que el humor sin humanidad envilece, y que el respeto no es una moda ni una etiqueta partidista: es el suelo mínimo de una convivencia decente.

Porque cuando una generación empieza a llamar broma a la degradación, no estamos solo ante un exceso verbal. Estamos ante una herida cultural.

Y esa herida, si no se atiende, acaba supurando en todas partes.

Acerca de Raúl Tristán

Psicólogo Col. A-03021. Director del Centro para la Salud Mental y el Bienestar Emocional 'Escuela de Vida GAIA'.
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