Haber sufrido no justifica hacer sufrir: trauma, responsabilidad y el mito del perdón obligatorio

Cuando el dolor no exonera: sobre el trauma, la responsabilidad y esa peligrosa costumbre de justificarlo todo

raul tristan psicologo traumaHay frases que no se limitan a explicar una historia.
Hay frases que, sin querer o queriendo, modelan una visión del ser humano.
Y luego hay frases que, envueltas en un perfume de sensibilidad, corren el riesgo de anestesiar la conciencia.

Una de ellas es esta: “De niño, mi madre era violenta conmigo porque mi padre y el mundo eran violentos con ella.” Una formulación difundida a propósito de una entrevista a Édouard Louis, en la que además se subraya que “ternura y violencia se entrelazan”.

Y sí, claro que la vida hiere.
Claro que el dolor se transmite.
Claro que quien ha sido humillado, golpeado, maltratado o pisoteado por dentro puede quedar deformado por ese sufrimiento.

Pero una cosa es comprender el origen del mal, y otra muy distinta convertir el origen del mal en coartada moral.

Y ahí es donde, a mi juicio, conviene detenerse.

Porque vivimos tiempos extraños.
Tiempos en los que explicar empieza a confundirse con justificar.
Tiempos en los que contextualizar parece equivaler a absolver.
Tiempos en los que el relato del daño sufrido se utiliza a veces como si pudiera borrar, reducir o dulcificar el daño causado.

Y no.
No debería ser así.

Comprender no es absolver

La psicología seria, la buena psicología, no está para fabricar excusas elegantes.
Está para iluminar mecanismos, señalar responsabilidades, ordenar el caos y ayudar a que una persona deje de repetir aquello que la destruyó.

Entender que alguien fue herido en su infancia puede ayudarnos a comprender su carácter, sus defensas, sus reacciones, sus miedos, incluso sus explosiones.
Pero comprender no significa exonerar.
Y desde luego no significa convertir a quien daña en una especie de víctima perpetua ante la que todos debamos bajar la cabeza.

Si una persona sufrió violencia, eso explica parte de su historia.
No le concede una patente para ejercerla.
No le entrega un salvoconducto ético.
No transforma el abuso en algo menor, más suave o más perdonable.

Porque entonces entramos en una pendiente resbaladiza: la de justificar casi cualquier atrocidad por la biografía del agresor.

Y eso no es compasión.
Eso es confusión.

El dolor no obliga a repetir el patrón

A mí siempre me ha chirriado esa idea de que quien ha sufrido queda casi condenado a reproducir lo sufrido, como si el ser humano fuese una simple tubería por la que pasa el daño de una generación a otra, sin conciencia, sin elección, sin responsabilidad.

No funciona así.
O, al menos, no funciona solo así.

Muchísimas personas han sufrido humillación, violencia, desprecio, acoso, abandono o abuso, y sin embargo han tomado una decisión radicalmente distinta: no convertirse en aquello que les hirió.

Yo mismo suelo recordar que en distintos escenarios de mi vida académica sufrí lo que hoy llaman bullying. No fue agradable. No fue menor. No fue educativo. Pero jamás me concedí a mí mismo el permiso interior de comportarme con otros como se comportaron conmigo. Me defendí con las armas que tuve. Puse distancia. Resistí como pude. Pero cuando estuve en posición de poder, incluso frente a algunos de los que antes me habían dañado, no sentí la necesidad moral de descargar sobre ellos el mismo veneno.

Y esa diferencia importa.
Importa y mucho.

Porque ahí aparece algo que cierta psicología excesivamente buenista parece olvidar: la decisión última de tus actos está en ti.

Con condicionantes, sí.
Con heridas, también.
Con historia, por supuesto.
Pero en ti.

La trampa de la psicología buenista

Hay un modo de hablar del sufrimiento que parece compasivo, pero en el fondo infantiliza al ser humano.

Es ese discurso que viene a decir:


“Pobrecillo, si hizo daño fue porque le hicieron daño.”
“Pobrecilla, si destruyó fue porque antes la destruyeron.”
“No la juzgues, no lo juzgues, mira todo lo que pasó.”

Y claro que hay que mirar lo que pasó.
Claro que hay que mirar el contexto.
Claro que no todo el mundo parte del mismo lugar.

Pero una cultura que solo mira hacia atrás y nunca hacia delante, una cultura que solo pregunta “qué te hicieron” pero no “qué haces tú ahora con eso”, termina fabricando adultos sin centro, sin deber moral y sin responsabilidad subjetiva.

Eso no sana a nadie.
Eso cronifica.

Porque cuando a una persona le dices, de forma explícita o encubierta, que su biografía la justifica, le estás robando una de las pocas cosas que realmente pueden salvarla: la capacidad de elegir otra cosa.

No siempre será fácil.
No siempre será rápido.
No siempre será perfecto.
Pero siempre seguirá existiendo un margen de responsabilidad.

Y ese margen es sagrado.

No todo merece perdón

Y aquí aparece otra de las grandes consignas de nuestro tiempo: hay que perdonar.

Como si el perdón fuese la cumbre obligatoria de toda salud mental.
Como si no perdonar te volviera pequeño.
Como si poner un límite definitivo fuera un fracaso espiritual.
Como si la nobleza consistiera en abrir la puerta una y otra vez a quien la usó para entrar pisoteando tu dignidad.

Yo no lo veo así.

El perdón está sobrevalorado cuando se convierte en imperativo.
Cuando deja de ser una posibilidad íntima y libre para convertirse en una consigna moral.
Cuando casi se le exige a la víctima, además, que lo acompañe con comprensión, ternura, reconciliación y, si es posible, también olvido.

Y no.
No toda herida tiene por qué conducir al perdón.
No toda traición merece una absolución emocional.
No todo daño consciente debe recibir un abrazo de cierre bonito para que el relato quede completo.

A veces, sanar no consiste en perdonar.
A veces, sanar consiste en dejar de esperar reparación de quien no sabe reparar nada.
A veces, sanar consiste en nombrar el daño con claridad, retirar el acceso, poner distancia y seguir adelante sin convertir la herida en altar.

Sin venganza, sí.
Sin odio, mejor.
Sin quedar atrapado en el rencor, desde luego.
Pero tampoco con esa obligación artificial de perdonar a quien no tienes ninguna obligación de perdonar.

El perdón no siempre libera

Nos han repetido tantas veces que perdonar libera, que ya casi suena a ley natural.

Y sin embargo, en la práctica clínica y en la experiencia humana real, uno aprende algo incómodo: no siempre es así.

A veces el perdón libera.
Y a veces no.

A veces el perdón llega cuando el dolor ya ha sido elaborado y la persona, desde una posición fuerte, decide no cargar más con ese vínculo interno.

Pero otras veces el perdón se fuerza.
Se adelanta.
Se teatraliza.
Se convierte en una autoimposición espiritual o psicológica que aplasta a quien aún no ha podido ni siquiera reconocer la magnitud del daño.

Entonces ya no libera: oprime.

Porque el mensaje de fondo pasa a ser:
“Además de haber sido herido, ahora tienes que ser magnánimo.”
“Además de haber soportado el daño, ahora te toca comprenderlo.”
“Además de haber cargado con las consecuencias, también debes regalarle absolución al que te rompió.”

Demasiado.

A veces no perdonar no es patología.
A veces es lucidez.
A veces es dignidad.
A veces es simplemente una manera limpia de decir:
sé lo que pasó, sé lo que me hizo, y no voy a fingir que eso merece una reconciliación interior que no siento.

Cuando la falsa compasión se parece al secuestro emocional

Hay vínculos en los que esa narrativa del perdón, de la comprensión y de la justificación constante del agresor no nace de la madurez.
Nace del miedo.

Miedo al conflicto.
Miedo a la ruptura.
Miedo a poner límites.
Miedo a quedarse solo.
Miedo a asumir que alguien a quien quisiste, o incluso necesitas, también fue alguien que te hizo daño.

Y ahí aparece a veces algo muy parecido al síndrome de Estocolmo emocional, a la dependencia afectiva, al enganche traumático, a la lealtad ciega hacia quien hiere pero de vez en cuando también acaricia.

En esos casos, el perdón no es libertad.
Es cadena adornada.

La justificación del mal, teñida de pseudocompasión, no te hace más humano.
A veces solo te hace más disponible para seguir siendo herido.

Y eso también hay que decirlo.

Con respeto.
Con matices.
Con humanidad.
Pero hay que decirlo.

Una lectura más honesta y más sana

Quizá la formulación más responsable no sea:
“Fue violenta conmigo porque el mundo fue violento con ella.”

Quizá una lectura más adulta, más ética y más útil sería esta:

“Fue violenta conmigo. Seguramente su historia influyó en ello. Merece ser comprendida en su complejidad, pero no por ello queda justificado el daño que me hizo.”

Eso sí me parece una frase limpia.
Una frase que no borra el contexto, pero tampoco borra a la víctima.
Una frase que entiende sin arrodillarse.
Una frase que reconoce la tragedia sin convertirla en absolución.

Porque necesitamos una psicología que acompañe, sí.
Pero también una psicología que sepa llamar a las cosas por su nombre.
Que no infantilice al agresor.
Que no sacralice el perdón.
Que no convierta toda biografía dolorosa en permiso para herir.

Necesitamos una mirada que una compasión y responsabilidad.
Dos palabras que no son enemigas.
Dos palabras que, de hecho, deberían caminar juntas.

La libertad empieza donde termina la excusa

No elegimos siempre lo que nos pasó.
Pero sí estamos llamados a responder por lo que hacemos con ello.

Esa es, quizá, una de las verdades más incómodas y más nobles de la condición humana.

Haber sufrido no convierte a nadie en monstruo inevitable.
Pero tampoco en inocente automático.

Entre la herida y el acto hay un espacio.
A veces pequeño.
A veces doloroso.
A veces trabajoso.
Pero real.

Y en ese espacio se juega la dignidad.

No todo merece perdón.
No todo daño nace de la maldad pura.
No todo agresor es un demonio.
No toda víctima necesita odiar.
No toda comprensión exige reconciliación.

Lo que sí exige toda vida adulta es una verdad sencilla, áspera y necesaria:

Tu dolor merece ser escuchado.
Tu historia merece ser comprendida.
Pero tus actos siguen siendo tuyos.

Comprender el origen del daño puede humanizarnos;

justificarlo, en cambio, puede desarmarnos moralmente.

Acerca de Raúl Tristán

Psicólogo Col. A-03021. Director del Centro para la Salud Mental y el Bienestar Emocional 'Escuela de Vida GAIA'.
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