Reflexionamos sobre el vivir la Navidad cuando nos encontramos inmersos en un proceso de duelo por la muerte de un ser querido.
El DUELO es un proceso natural y adaptativo que las personas transitamos para poder integrar y aceptar la pérdida.
Esa pérdida de algo preciado para nosotros, puede ser de bienes materiales o inmateriales, de personas (un familiar, un amigo, un conocido, un compañero de trabajo, la pareja, un hijo…), de cosas (un piso, un coche, una joya, dinero…), de mascotas y animales, de situaciones y circunstancias (matrimonio, empleo, estatus, rol…).
Para la psiquiatra Elisabeth Kübler Ross, el duelo conlleva una serie de etapas, cinco en concreto, que suelen ser secuenciales en este orden: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Las podéis encontrar descritas aquí.
Un duelo se considera dentro de términos de normalidad cuando se sitúa en una horquilla cuyo límite superior suele establecerse en los dos años de duración. Por encima de esos dos años, quizás estemos entrando en un duelo patológico, lo que nos debe alertar sobre la necesidad de acudir a un profesional que nos acompañe en su resolución.
La NAVIDAD es un tiempo de ambivalencia, y por lo tanto, de por sí, puede generarnos cierto conflicto interno. Se trata de una celebración que muestra la polaridad de las emociones y vivencias humanas. En Navidad, podemos hallar, entre otras, las siguientes:
- Alegría vs Melancolía.
- Hedonismo vs Consumismo.
- Amor vs Odio (cerca del 80% de los españoles dicen odiar la Navidad) (al parecer hay una mayoría de Grinch gruñones)
- Pérdida de Miembros (fallecimientos) vs Ganancia de Miembros (incorporaciones).
- Recuerdo (anclaje en el pasado, infancia) vs Proyección (al futuro, discurrir en el río de la vida).
- Reencuentro deseado vs Reencuentro forzado.
- etc.
La Navidad, con su origen ancestral en la celebración del solsticio de invierno, del Sol Invictus, del triunfo de la luz sobre las tinieblas del invierno, nos enfrenta a la mayor inquietud ontológica humana: la certeza del morir y la esperanza del renacer.
La Navidad representa, casi más que lo hace nuestra fecha de natalicio, la constatación de que ‘otro año más ha finalizado para nosotros’, que somos un año más viejos, que nos falta cada vez menos para la muerte, o simplemente, que contamos con menos tiempo para proyectar nuestros sueños y alcanzarlos.
Todo ello no se toma en cuenta en nuestra sociedad actual, de rituales perdidos, de signos de significado pervertido y desconectado de lo emocional, de ritos de paso y transición de espuria interpretación…
Si a encontrarnos en pleno proceso de duelo por un ser querido, le sumamos el tener que vivir la primera Navidad sin esa persona, nuestra forma de afrontar esa conjunción puede llevarnos a incrementar el sufrimiento o a favorecer la aceptación.
La silla vacía en la mesa de Navidad representa el hueco en el alma que nos ha dejado la marcha del difunto.
¿Qué decisión es la mejor, ante la tesitura de tener que celebrar las próximas navidades sin esa persona tan importante para nosotros?
- Lo primero es cuidarse y respetarse: ¿Qué siento que necesito hacer? Y permitirnos sentir lo que venga. Permitirnos estar tristes, o estar alegres, o…
- Lo segundo, expresarlo, comunicarlo de forma asertiva y no hostil a nuestros allegados. hacérselo saber. Ponerlo en común, porque las celebraciones navideñas suelen implicar a numerosas personas, y no sólo a nosotros mismos. Y respetaremos la decisión de los otros, y haremos respetar la nuestra. No forzarse ni forzar a otros.
No hay dos duelos iguales, no hay dos navidades iguales. Y no sentiremos culpa, sea cual sea nuestra decisión. Ni siquiera si la decisión es la de celebrarlas (¿Qué desearía para nosotros esa persona que nos quiso, que nos apreció, a la que quisimos, apreciamos o amamos? Seguramente no que sufriéramos innecesariamente por ella).
Si necesito limitar los comensales, seleccionar de quién voy a acompañarme, lo haré, explicando mi decisión.
Si necesito pasarla solo (que no en soledad, sino conmigo mismo, cuidándome, acompañándome, queriéndome, incluso llorando y sin entrar en la autocompasión…) lo haré.
Si necesito no celebrarlo en el lugar de siempre, y cambiar, lo haré. O quizás sólo redistribuir los lugares a la mesa…
Si necesito que sea una Navidad diferente, salir de casa, romper con la tradición, como se plantea en la novela de John Grisham, lo haré. Crearme una ‘Navidad a mi medida’, una Navidad que me resulte sostenible, pese al dolor y la tristeza.
Si no me apetece celebrar la Navidad, no lo haré. No me dejaré presionar por lo que debería ser, según el entorno que me rodea.
Si necesito que todo siga igual, incluso respetando el sitio en la mesa, poniendo el cubierto, brindando, recordando a la persona… lo haré.
En cuanto a los niños, si los hay, es importante que no se les oculte lo que está ocurriendo, y se les haga partícipes. Que expresen sus emociones, lo que piensan y están sintiendo, lo que les gustaría hacer. Que se les explique la situación de forma adaptada a su edad, sin mentiras ni fantasías. Aproximadamente hasta los tres años apenas se dan cuenta de la muerte; sobre los cinco o los seis lo viven como algo no permanente, sino reversible; a partir de los siete u ocho, según la maduración evolutiva, pueden entenderlo como algo definitivo, pero que les ocurre a los demás. Con los niños entran en juego los rituales, que si con los adultos son importantes, con los niños no lo son menos.
Navidad y Duelo en ‘Mañana será otro día’ 17/12/21 ARAGÓN RADIO
