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Bitácora

El retrovisor

Si caminas por la vida mirando constantemente por el retrovisor, no serás capaz de ver la realidad que se despliega ante tus ojos.
Si te hallas anclado al pasado que habita en tu recuerdo, no vives tu vida sino la del fantasma de tu nostalgia.
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Un tiempo para parar

La Naturaleza nos enseña cómo en la vida llega también un tiempo para dejar de brillar, para parar, para descansar…
Un tiempo que no es mejor ni peor que otros, porque es natural, espontáneo y genuino.
Y a los seres humanos, que formamos parte de esta maravillosa Naturaleza, este tiempo también nos llega y, si nos escuchamos, nos encontraremos más sosegados, más calmados, más reflexivos, más en paz con todo y con todos.
Fluyendo sin resistencias con la Vida.
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Nuestros muertos en FaceBook

Hoy estaba invitando a mis contactos en FaceBook a que dieran ‘Me gusta’ en Escuela de Vida ‘GAIA’,  cuando me he hecho consciente de la cantidad de ‘amigos muertos’ que me aparecían…

Sí, así, sin eufemismos: una decena o más de amigos muertos.

Amigos, compañeros, conocidos… que ya no están conmigo.

Conocidos, compañeros, amigos… que siguen sin embargo sonriéndome desde su página en FaceBook…

Y que la red social continúa proponiéndome que interactúe con ellos, que les hable, que dé like a sus antiguos estados y escritos, fotos…

Que les invite a seguir formando parte de mi vida, como si nunca hubieran partido…

Me ha invadido una extraña sensación, como la de que un omnímodo demiurgo me abriera las puertas a un mundo irreal que amenazaba con atraparme una vez dentro,  y del que jamás lograría escapar… ni aun muerto.

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Cada día que amanece…

Cada día que amanece, al despertar, y antes de levantarme de la cama, doy gracias por la vida que me llena.
Es un gesto muy simple y que no cuesta nada, pero que lo dice todo:
¡Gracias!

 

 

 

 

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La muerte no es el final

La muerte no es el final, no, no lo es…

 

Hace unos escasos días supe que una persona a quien conocí en un pasado y duro tramo de mi camino en la vida, ‘ha cruzado al otro lado’.

Él y yo no fuimos amigos, ni tan siquiera llegamos a ser compañeros…

Superior él, subordinado yo, y por medio una hostilidad sin sentido, que hoy no dudaríamos en calificar de mobbing, o acoso laboral.

Pude ver el odio reflejado en sus ojos durante mucho tiempo. Quizás más del que debiera haber soportado.

Cada cual sobrevive como puede. Seguramente mi mirada también le transmitió a él mis pensamientos…