El conflicto padres e hijos con la vuelta a casa del hijo

Vuelve, a casa vuelve…

Mi hijo vuelve a casa… ¡Socorro!

Vuelvo a casa de mis padres… ¡Socorro!

¡¡¡Conflicto!!!

Ultimamente me estoy encontrando con numerosos casos de personas que, tras haber pasado un cierto periodo de tiempo estudiando o trabajando en otra ciudad e incluso en otro país, regresan a su ciudad de origen para vivir de nuevo con sus padres y hermanos en el hogar familiar.

Se trata por lo habitual de jóvenes que han estudiado su carrera completa, o parte de ella, en universidades alejadas de la casa de su infancia; y que ahora retornan para continuar estudiando, o comenzar a trabajar; pero se da conflictotambién el caso de personas más maduras que, en por circunstancias sobrevenidas (se vieron obligadas) o voluntarias (lo decidieron ellas libremente) se marcharon de casa para buscar empleo en el extranjero, y que han decidio retornar porque sus condiciones laborales cambiaron (finalizó su contrato sin posibilidad de renovación, o no encuentran un trabajo que satisfaga sus expectativas, etc.)

En cualquiera de los casos, me encuentro con:

  • Un hijo que, tras adquirir cierto grado de independencia y autonomía, de ‘hacer su vida’ como adulto responsable, con capacidad de decisión libre, que prosiblemente haya madurado en muchos aspectos de la vida, se rencuentra con sus padres, y con ellos sus normas, sus reglas del juego, sus condiciones… y su visión del hijo pródigo como eso, como un hijo: el hijo que dejó el nido, y no el adulto que a él regresa.

 

  • Unos padres que, en lugar de sentir que recuperan al hijo ‘perdido’, tienen la sensación de que en casa ha entrado un extraño al que apenas reconocen, que genera conflictos, no coopera y ‘va a la suya’.

Sin diálogo y pacto de convivencia previo, el conflicto está garantizado

conflictoEn casa se viven continuas discusiones, en las que todas las partes se sienten víctimas:

  • los padres refieren falta de respeto, desobediencia, malos gestos o desplantes, gritos, insultos, hostilidad que raya la amenaza física, salidas y entradas de casa sin dar cuenta, ‘descontrol’ horario, no colaboración en las tareas del hogar y el mantenimiento y orden de los espacios, no aportación a la economía familiar, etc.
  • el hijo refiere control paterno, limitación, vigilancia, agobio, angustia, tristeza, ansiedad, amenaza de castigos, castigos, gritos, insultos, falta de respeto, control de los estudios y las notas, comentarios que le ‘invitan’ a buscar trabajo más activamente o a irse de casa, órdenes y mandatos constantes, qué se ve en la televisión, cuál debe ser el volumen de la música, a qué hora se come y se cena y cómo, ocupación de algunos de los que antes eran sus espacios por los hermanos o por los padres, etc.

Suele ser el hijo el que acude a consulta, aunque en ocasiones también son los padres los demandantes de ayuda, y en la mayoría de los casos son éstos los que corren con los gastos derivados de la búsqueda de solución, ante la urgente necesidad de hallarla, y la habitual dependencia económica del hijo.

 

Expectativas y ajuste

Por lo general los padres, ante el retorno del hijo, presentan la expectativa de que las cosas van a volver a ser como antes de su marcha, o mejores, y tienen la creencia de que su hijo apenas habrá cambiado, y si lo ha hecho habrá sido ‘para bien’: más maduro, responsable, ordenado, limpio, organizado, estudioso, trabajador, obediente, respetuoso…

Por supuesto, retornar al hogar familiar implicará volver a someterse al statu quo familiar que el joven dejó atrás. Es la conditio sine qua non: mi casa, mis reglas. El mensaje es: Sigues siendo un niño, y nosotros tus padres, por lo que aquí se hace lo que nosotros decimos, y cómo y cuándo nosotros queremos. Nosotros mandamos. En cierta medida vamos a controlarte, a fiscalizarte, porque para eso somos tus padres… Esto no es un hotel de cinco estrellas…

Y el hijo, reclama el derecho a su espacio, a su intimidad, a su autonomía (organizativa, en estudios, en salidas y entradas, en horarios, en comidas…).

 

Y el conflicto surge porque ni los unos ni el otro plantean sus necesidades;

no expresan sus deseos y temores;

no establecen límites mútuos y pactados de una forma respetuosa, educada, serena…

yéndose a la hostilidad manifiesta y recíproca…

 

El ajuste en la convivencia vendrá dado por un pacto previo de convivencia, que consensúe los planteamientos de ambas partes, los temas y puntos que pueden generar fricción, las opiniones contrapuestas:

  • ¿Qué espacio va a ocupar el hijo? ¿Qué obligaciones de conservación de dicho espacio va a tener? ¿De qué derechos de intimidad y disposición va a gozar en él?
  • ¿Qué régimen de horarios de salidas y entradas de la casa, comidas, etc. va a tener el hijo?
  • ¿Qué obligaciones de colaboración va a adquirir?: en el mantenimiento de espacios comunes (poner y quitar la mesa, fregar los cubiertos, limpieza de baños, frefar los suelos, barrer, preparar comidas…); en contribución o no a la economía familiar (si trabaja, qué porcentaje aportará al hogar o no); de apoyo a otros miembros de la unidad familiar (estudios de hermanos menores, cuidado de personas mayores, sacar al perro, etc.); recados y compras;…
  • Cómo vamos a gestionar las posibles relaciones de pareja del hijo y la sexualidad.
  • Cómo vamos a gestionar la búsqueda activa de empleo.
  • Cómo vamos a gestionar los estudios.
  • etc.

Puede parecer que establecer un pacto de convivencia no es necesario, que somos familia y ‘hacer eso queda feo’, que se sobreentiende, que… pero al pensar así estamos obviando lo elemental: que antes de la marcha del hijo, la convivencia tenía unas normas, generalmente establecidas por los padres, y que se iban renegociando de forma muchas veces implícita, conforme el hijo iba creciendo y avanzando en sus etapas de desarrollo.

Existían por lo tanto unas normas de convivencia, unas reglas del juego… y el problema puede generarse al entender los padres que esas mismas reglas siguen vigentes. Y no, posiblemente haya que modificar los términos de las mismas, igual que será necesario establecer algunas nuevas y descartar otras viejas.

Además, ya sabemos que la comunicación entre padres e hijos no suele ser fluida y pacífica: lo ideal sería poder dialogar cada tema disruptivo que surja en el momento en que se produxca, pero la realidad es tozuda y nos dice que para ello hace falta mucha voluntad de las partes, unas habilidades de comunicación y escucha que no suelen ser habituales, y al final se acaban diciendo barbaridades de las que uno tarde o temprano se arrepiente.

Establecer pactos implica sentarse y tratar los temas que se anticipan conflictivos, antes de que se produzcan, con el fin de minimizar el rechazo y el cierre en banda que un estado emocional de implicación en el momento pueden provocar.

Padres e hijo pueden hacer cada cual su listado de puntos a tratar, y llevarlos a esa reunión familiar, e ir abordándolos uno por uno, razonando, justificando, discutiendo y consensuando.

Una estrategia que a mí me gusta emplear es la de que cada uno elabore una tabla cuyo modelo podría ser el que os adjunto aquí: Listado de los Tres Decires.

En ella cada miembro de la unidad familiar indicará tres cuestiones:

  1. Me hace daño cuando… me gritas, me insultas, me llamas vago, me llamas dictador, me interrumpes al hablar por teléfono, me dices que me vaya de casa, dices que no tengo ni idea de nada, me das con la puerta en las narices, no te sientas con nosotros en el sofá, no me das un beso al llegar, que me dejes traer a mi nvio a casa… 
  2. Me hace sentir… triste, despreciable, que no me quieres, que me odias, que ojalá no existiera, decepcionado, fracasado, humillado, enfadado…
  3. Necesito que… no me insultes, no me grites, no entres en mi habitación constántemente y sin llamar, recojas tu habitación, tiendas la ropa, saber a qué hora vas a volver, saber dónde estás,…

Se entregarán mutuamente los listados, y juntos los leerán y analizarán desde el amor familiar, pidiendo acalarciones cuando sea necesario.

Es importante no vivenciar el listado al leerlo, como una enumeración de acusaciones, faltas, críticas… sino como puntos de fricción en los que una parte se siente dañada por la otra, lo que puede ser tan sólo su percepción, o una errónea interpretación, o en otros casos habrá que asumir que a veces sin querer hacemos daño porque no sabemos pedir, no sabemos poner límites sin hostilidad, no sabemos expresar lo que nos está pasanod por dentro, y ver cómo podemos plantear las necesidades de unos y otros sin dañar y llegando a acuerdos.

Lo importante es generar un espacio de calma, confianza y respeto, en el que debatir sobre qué nos daña, cómo nos sentimos en esas circunstancias y qué necesitamos para reparar el daño que sentimos.

 

***Nota: cuando hablo de ‘hijo’ se sobreentiende cualquier género. Ídem con ‘padres’.

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Acerca de Raúl Tristán

Psicólogo Col. Nº A-03021. Psicoterapeuta
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