Entérate de una vez: ¡La vida duele!

«Sé feliz.  Porque tú… ¡Tienes derecho a ser feliz!»

la vida dueleEste es el mensaje que recibimos constantemente de los medios de comunicación y de los gurús de pacotilla del crecimiento personal y la falsa psicología positiva.

Al final, lo que escuchamos es un «¡Tienes la obligación de ser feliz!» que nos suena a «Si la vida no te sonríe, si no eres feliz y sufres, es culpa tuya, por tu actitud.» Como si el ser feliz fuera una decisión: la de encontrarnos en un estado permanente de ausencia de sufrimiento, pena, tristreza, dolor… con la sonrisa de serie, nos pase lo que nos pase. O más grave aún: ignorando lo que nos pasa.

Como si de una tarea más en nuestro quehacer diario se tratara. Otra anotación en la agenda: «Hoy sí, hoy tengo que ser feliz». Un mandato, una orden. Una obligación más.

Y una carga, un peso. Porque si no sonríes durante todo el día, si la vida no te parece maravillosa cada minuto que pasa, entonces debes sentirte culpable: «¿Cómo puedes ser tan ingrato como para no celebrar y agradecer cada segundo que respiras?». Menuda carga, ¿no? Estás pasándolo realmente mal, y encima tienes que sentirte culpable por ello… La Policía de la Felicidad está observándote, e irá a por ti si pones en riesgo la Permanante Felicidad Global del mundo…

Pero el mensaje no es cierto, o al menos no lo es de forma tan simple.

Porque nuestra vida no es un catálogo de IKEA, donde todos los muebles nos parecen maravillosamente sencillos y encajan a la perfección unos con otros. Y además, la política de devoluciones es clara: lo hecho hecho está; lo pasado, pasado está…

En la vida pasan cosas que no nos encajan y que no son maravillosas, ni van a dibujarnos una sonrisa en el rostro. Que van a ser incluso trágicas, dramáticas. No vivimos dentro en el mundo Disney, por más que nos lo quieran vender así los charlatanes de feria, vendedores de crecepelo y jarabes milagrosos, reciclados en aplaudidos coachs y speakers que saben decirle a la gente lo que quiere escuchar, y no lo que de verdad les haría bien para crecer y sanar su vida…

 

La Vida duele. La Vida real, duele… (…y decir esto, no vende)

Y si no nos duele es que estamos muertos, muertos y enterrados; o que estamos pasando por ella sin ser conscientes de nada de lo que nos ocurre. Como auténticos zombis.

A pesar de ello, muchas personas entienden la felicidad como ausencia de problemas, de fracasos, de pérdidas… y si eso fuera así, entonces jamás podríamos ser felices.

Si alguien dice no tener problemas, fracasos, pérdidas… y vivir en un estado permanente de felicidad, es que está anestesiado y no se está enterando de nada.

La Vida supone tanto tener tener problemas como no tenerlos; tener éxito tanto como fracasar; ganar personas… tanto como perderlas. La aceptación de esa realidad es la que puede conectarnos con la consciencia de la existencia, de lo que supone vivir.

No tienes que ‘ser feliz’ todo el tiempo. Ni siquiera podrías serlo aunque quisieras. Ni siquiera debes serlo, porque estarias perdiéndote gran parte de lo que supone estar y sentirse vivo.

Poner conciencia en la tristeza, en las heridas que marcan nuestro Yo, en los fracasos que nos han hundido, en las pérdidas que hemos padecido, en los miedos que nos bloquean, en los condicionamientos que nos hacen actuar como autómatas… es lo que nos hace no sólo humanos, sino humanos en evolución, caminando despiertos, creciendo dándonos cuenta de quiénes somos, dónde estamos, qué nos ocurre, qué sentimos, qué necesitamos… Aquí y Ahora.

Y poner conciencia, despertar, duele. Duele en el alma, porque puede parecernos que lo cómodo y placentero es pasar por la vida sin saber… «La ignorancia da la felicidad», dicen… aun cuando miente el dicho: la ignorancia que es el cerrarnos a las emociones, que dan cuenta de cómo nos encontrarmos de verdad, por dentro, no puede conducirnos sino hacia un espejismo de felicidad.

Poner conciencia, despertar, duele.

Aceptemos nuestras emociones, no luchemos contra ellas, démosles un espacio, acojámoslas, permitámonos sentir… no neguemos la tristeza que nos embarga por una pérdida, dejemos correr las lágrimas; no entrerrmos dentro de nosotros el enfado que nos surge ante un fracaso o una frustración; gestionémoslas de forma adaptativa y recibamos el mensaje que quieren transmitirnos, que tan sólo habla de nosotros mismos y de nuestras circunstancias.

Aceptemos nuestras emociones, no luchemos contra ellas, démosles un espacio, acojámoslas, permitámonos sentir... Clic para tuitear

Me encuentro con frecuencia, en las sesiones de terapia, con personas que cuando logran conectar con la emoción ahogada, reprimida, con el sentimiento ocultado, con la realidad negada, no pueden soportar el dolor que ello les produce, e inician el movimiento de huída. Justo cuando la sanación comenzaba a convertirse en una posibilidad.

El dolor se les hace insoportable. Y creen que, abandonado la terapia, haciendo como que no han visto nada, y distrayéndose con las banalidades materiales, van a ser capaces de encontrar la felicidad… Nada más alejado de la realidad: negar emociones como la tristeza, la rabia, la envidia, la deseperanza etc. y no darles el espacio que reclaman, hacer como si no existieran, ignorarlas, va a impedir que conectemos con aquellos momentos en los que podríamos llenarnos de felicidad, de alegría.

Enfrentarte a ‘tus demonios’, duele, ¡pero es inmensamente sanador!

Aceptar que te sientes triste, o rabios@, o con envidia, o que te sientes fracasad@, decepcionad@, humillad@… No hay nada de malo en ello.

Aceptar lo que sientes, es el primer paso para poder caminar más feliz el resto de tu vida.

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Acerca de Raúl Tristán

Psicólogo Col. Nº A-03021. Psicoterapeuta
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