Caso FIFA: a vueltas con los negocios y la ética

El caso FIFA

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Foto: Pixabay

El fútbol es pasión. Sin duda los aficionados ponen su corazón, su sentimiento y emoción, e incluso sus anhelos y esperanzas, en el triunfo de su equipo. Pero si hay algo que también ha quedado constatado es que en el fútbol no todo es deporte: nos hallamos ante uno de los modelos de negocio más lucrativos de los últimos tiempos.

Un modelo que sería digno de ser estudiado en las escuelas de negocios si no fuera porque, como muchos otros que nos son presentados como paradigmas del éxito empresarial, no es un negocio rentable por sí mismo.

El fútbol dejó de ser un simple deporte de componentes lúdicos y pasó a convertirse en oscuro negocio en el momento mismo de su profesionalización, pero sobre todo cuando se promovió el que equipos, clubes y/o federaciones, convertidas en Sociedades Anónimas Deportivas, disfrutaran de una especie de isla o paraíso empresarial. Allí las reglas de juego fundamentales ya no serían las del balompie, ni tan siquiera las mercantiles, sino las resumidas bajo la máxima «todo vale… por la pasta».

Las SAD están por encima del bien y del mal, y son la envidia de cualquier pequeño o mediano empresario que no goza ni gozará jamás de las prebendas que a aquellas se les otorgan, quizás no desde las leyes, pero sí desde quien debe hacerlas cumplir. Sobre todo a la hora de hacer frente al endeudamiento de los clubes, generalmente injustificado, y a los correspondientes impagos en que incurren, inconcebibles en una ‘empresa’ cuyos directivos y jugadores se embolsan, sin recato alguno, cantidades estratosféricas fuera del alcance de la imaginación de cualquiera.

Aberrantes cifras de negocio

Cuando decía que el fútbol no es un negocio rentable, me refería al hecho de que no lo es al menos en los términos cuantitativos que sus detentores pretenden: aberrantes cifras de negocio que acaban engordando bolsillos particulares, con nombres y apellidos que se tildan de ilustres, de tipos que en muchos casos trafican con influencias e información privilegiada, chanchulleando en las altas instancias políticas de ayuntamientos, gobiernos de comunidades autónomas o del mismísimo Estado.

Y es que hay dos caminos para hacerse rico rápidamente y sin medida: uno, dedicarse a la política; el otro, hacer negocios fraudulentos. Generalmente ambos se dan la mano, porque se necesitan mutuamente. Políticos y empresarios, cuando se apellidan ‘corruptos’, son dos especies que entre sí se muestran simbióticas, pero que con respecto a los demás ciudadanos se convierten en auténticas parásitas.

Corrupción y estafa

Por desgracia, los casos de corrupción que rodean al mundo del fútbol, de estafas en la negociación de derechos audiovisuales, de sospechosas concesiones de marketing, publicitarias o de merchandising, en la celebración de campeonatos, en los fichajes y contratos de jugadores, en la venta de partidos o en la especulación urbanística… constituyen un auténtico engaño no solo a aficionados, sino a ciudadanos en general.

Porque a todos llegan a afectarnos en alguna medida, y no son sino un pálido reflejo de lo que a diario viene sucediendo en nuestra sociedad en estos dos ámbitos que son el empresarial y el político. Y si el fútbol dejó de ser deporte para devenir, en ciertos casos, sucio negocio; la política dejó de ser un honorable servicio público, si es que en alguna época lo fue, para convertirse en un negocio sucio personal, familiar y de clanes.

Huelga decir que deberíamos, no obstante, hacernos una serie de preguntas que nos obliguen a reflexionar:

1. ¿Puede alguien creerse que los directivos de la FIFA llevaran a cabo sus operaciones fraudulentas desde el año 1991, sin que nadie tuviera conocimiento de las mismas? Si se conocían? ¿por qué no se actuó antes? ¿Hay intereses ocultos en destapar el caso en este preciso momento y no en otro?

2. ¿Debemos dar por válida mi teoría de que no es que el poder corrompa, sino que a las altas instancias del poder, sea este cual sea, llegan tan solo los individuos de características más psicopáticas?

Sociedad carente de ética

Por descontado que en la base de toda esta componente corrupta se encuentra, a mi modo de ver, el consentimiento cómplice que presenta una sociedad carente de ética.

La ética, fundamento de la convivencia y de la construcción social, se halla ausente de nuestro día a día, y gran parte de la actividad desarrollada por nuestros representantes empresariales o políticos es prueba de ello. A los primeros, a los empresarios, les aconsejaría aplicar la Prueba Cuádruple de Rotary International o los Principios de Minnesota,y a actuar en RSE/RSC de forma consecuente, y no simplemente para cubrir el expediente o aprovechar la buena imagen de marca que genera socialmente; a los segundos, a los políticos, a hacer suyos los principios de la ética humanista.

Por un fútbol de juego limpio, por unas empresas responsables, por una verdadera Política con mayúscula.

Publicada el 290515 en elEconomista

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Acerca de Raúl Tristán

Psicólogo Col. Nº A-03021. Psicoterapeuta
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