El Homo ludens en la encrucijada involutiva

Son numerosas las ocasiones en las que retornan a mi mente las reflexiones que nos hacía en alguna ocasión, en relación al futuro próximo de la humanidad, mi profesor de filosofía, lengua y literatura de bachillerato; un sabio ‘leído’ y ‘vivido’, de enorme testa calva rodeada en su contorno de alborotadas lanas canas, y al que por aquel entonces yo, en la improductiva y osada ignorancia que acompaña a la juventud, no sólo no llegaba a comprender, sino que incluso consideraba algo excéntrico y pedante.

La Evolución del Hombre [Parte I]. Parte del mural “La evolución del hombre” de Octavio Ocampo en el Instituto Tecnológico de Celaya. Foto: 赤

Aquel viejo erudito que me introdujo por vez primera en la gramática comparada de Ferdinand de Saussire o en la lingüística de Noam Chomsky, a la par que me impregnaba de las perplejidades wittgensteinianas, o dirigía mi pensamiento hacia el debate sobre la dimensión moral del hombre, la justicia,  la verdad, la libertad o el mismo sentido de la existencia humana, buceando en suma en las profundas simas del Ser, confiaba en que la evolución natural del género Homo, desde la especie actual sapiens -ese ser humano cuya extraordinaria capacidad intelectual se impuso no sólo sobre el resto de los homínidos, sino sobre todas las especies animales y vegetales hasta lograr el dominio del planeta-, nos conduciría sin remedio hacia un Homo ludens, un ‘hombre que juega’, un humano que abandonando su ‘centramiento’ en el mundo del pensamiento (Homo sapiens, el hombre que sabe), o de la producción (Homo faber, ese animal una de cuyas características esenciales resulta ya no la de ‘saber’, sino la de ‘hacer’, como Karl Marx planteaba en El Capital), e incluso alejándose de las concepciones sociopolíticas de un aristotélico  Zoom politikon o las economicistas de la ‘racionalidad interesada’ del Homo oeconomicus, planteadas por los críticos de Stuart Mill… terminaría por atracar su barco, hasta entonces siempre a la deriva en busca de un sentido, en el plácido puerto del ‘jugar’…

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