Darse cuenta…

Más vale tarde que nunca, dicen. Y a mi me ha costado mucho tiempo, tiempo de vida: 45 años. Sí, 45 años para alcanzar una sencilla iluminación: darme cuenta de que no tengo que ser el mejor en todo lo que hago (¡e incluso en aquello que no he hecho nunca ni haré!); más aun: ni siquiera tengo ni debo intentar llegar a serlo. No ya el mejor, simplemente ser alguien en algo…

Me da mucha paz, una enorme tranquilidad, aceptar que la imperfección mora en mi, que jamás rozaré la excelencia, que puedo equivocarme, que no debo competir con todos por todo, que todo aquel que se cruza en mi camino no es alguien a quien debo superar en aquello precisamente en lo que demuestre ser superior a mi, o implemente en lo que estemos en ese momento realizando.

45 años he tardado en darme cuenta de que lo mio era una continua lucha por dominar el espacio en el que me encontraba… Una fiera competición imposible de llegar a culminar jamás.

Constatar y asumir como natural que soy altamente imperfecto, que no domino muchos temas, que no soy mejor que nadie en infinitos campos, me concede una tranquilidad y una paz de espíritu increíbles.

Permitirme el error, la equivocación, admitir que soy un inútil en ciertas actividades, o lego en innumerables materias… O bajo, calvo y pesado…

Es sencillamente maravilloso.

Nunca es tarde para dejar de luchar contra uno mismo.

Acerca de Raúl Tristán

Facilitador de Desarrollo Personal. Terapeuta.

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