Diccionario de símbolos

Comparte

Cirlot, Juan-Eduardo. Diccionario de símbolos. Barcelona: Labor, 1994

Como su propio nombre indica, la obra de Cirlot constituye un extenso y completo compendio de entradas cuyo denominador común es que se trata de conceptos, vocablos, todos ellos relacionados con el campo de lo simbólico. Para su realización, Cirlot ha tomado numerosos términos que podrían incluirse bajo dicho epígrafe, y ha comparado los significados que a los mismos se les atribuía desde ópticas y campos del conocimiento tan diversos como la antropología, la mitología, las religiones, el psicoanálisis, etc.

Como antecedente del Diccionario en si,  Cirlot lleva a cabo una  Introducción en la que nos conduce a  plantearnos ciertos aspectos entorno al símbolo: su delimitación; su relación con los aspectos históricos, con lo universal y lo temporal y circunscrito a un entorno concreto dado; un repaso somero a su origen y su evolución en los diferentes espacios geográficos; el simbolismo de los sueños y el lenguaje simbólico de la alquimia;

La apreciación en la que el autor coincide con René Guénon, el simbolismo es una ciencia exacta y no una libre ensoñación en la que las fantasías individuales puedan tener libre curso, debe orientarnos sobre la manera de entender lo que en esta obra vamos a ir leyendo. De hecho, el autor advierte al lector de que su intención es presentar… la identificación cultural del símbolo…no “su” interpretación a la luz de una situación dada…  Asunto este en el que debe hacerse hincapié, dado que el dominio de la interpretación es más psicológico que simbólico, y corremos el riesgo de caer en el psicologismo.

La cuestión es que aparece un substrato de verdad objetiva y universal en los símbolos, que se hace evidente empleando el método comparado, y que se aprecia como la existencia de una especie de lengua simbólica (en palabras de Eric Fromm), que no obedece a categorías de tiempo y espacio, sino de intensidad y asociación.

El caso es que el dominio de los simbólico en sus diversas formas (entre las que se encuentran las visiones y los sueños, que son las que a nuestros efectos más nos atañen) debe ser asimismo circunscrito, es decir, debe limitarse el campo de acción simbólica, o lo que es lo mismo: no deberemos confundir el núcleo simbólico de un objeto, o su transitoria función simbólica que lo exalte en un momento dado, con la totalidad de ese objeto en la realidad del mundo. Por ello, no debemos caer en el error de enfrentar lo simbólico a lo histórico, cuando realmente la interpretación simbólica enriquece a la histórica, y viceversa, dado que se trata de mutuas expresiones en un diverso plano de significación. Máxime cuando en lo simbólico subyace un factor dominante de carácter polar, que liga los mundos físico y metafísico.

Resulta no menos interesante introducirse en las diferencias de grado existentes entre tres especies de símbolos, tal y como lo contempla Fromm: el convencional (en el que existe una conexión constante desprovista de fundamento óptico o natural); el accidental (debido a asociaciones por contacto casual); y el universal (en el que se da una relación intrínseca entre el símbolo y lo que representa). O en la diferente o particular conceptualización del símbolo para la psicología (una realidad casi exclusivamente anímica que se proyecta sobre la naturaleza), los esotéricos (fundamenta la relación existente entre macrocosmos y microcosmos); para Guénon (su fundamento es la correspondencia que liga entre si todos los órdenes de la realidad); para Mircea Eliade (la misión del símbolo es la de derribar los límites del hombre como individuo para integrarlo en unidades más amplias como son la sociedad, la cultura o el universo…), etc.

Retornando a la visión del símbolo como ligazón entre macrocosmos y microcosmos, nos encontramos con dos caminos diferentes: el de Schneider, que explica el hombre a partir del mundo; y el de Jung y sus arquetipos, que busca explicar el mundo por el hombre. Dichosarquetipos, imágenes-guía, aparecen de forma similar en Freud como fantasías primitivas; en San Agustín; o en Platón como ideas

Cirlot en su análisis del símbolo, parte de que la concepción simbolista se fundamenta en una serie de supuestos, a saber: nada es indiferente; ninguna forma de realidad es independiente; los cuantitativo se transforma en cierta medida en cualitativo; todo es serial y, por último, existen correlaciones de situación entre las diversas series y de sentido entre las series y los elementos que las integran. Sin embargo, Jung establece otras posibilidades de simbolización: la comparación analógica; la comparación causativa objetiva; y la comparación activa.

Otro aspecto al que se presta atención por parte del autor, es el relativo a la comprensión e interpretación de los símbolos, dotándose este segundo de un elevado carácter condicional… que hace que nos hallemos ante interpretaciones históricas, metafísicas, totemísticas, psicológicas…

Por último, realiza un somero acercamiento a los planos de la significación, desde el momento en que, y este punto se admite de forma unánime por cualquier escuela o disciplina, que el símbolo no posee potestad significativa para un solo nivel, sino que la tiene para todos los niveles. Con ello, llegamos a la relación que se establece entre el simbolizante y lo simbolizado, y más aun, a la que puede establecerse por los símbolos entre si, bajo el paraguas normativo de una auténtica sintaxis simbólica. Esta, conexiona a los símbolos de modo sucesivo (uno junto al otro si mezclar sus significados); progresivo (no se produce mezcla, pero si la expresión de un proceso); compositivo (se produce una influencia mutua que los dota de significados más complejos); o dramático (consistiendo en una mezcla de los anteriormente señalados).

Poniendo en relación el diccionario comentado, con las experiencias de expansión de consciencia, resulta harto complicado para un neófito llegar a interpretar los símbolos que en sus visiones, tanto las oníricas como las producidas durante una exaces. No sería plausible limitarla a su lectura bajo el filtro de un diccionario porque el resultado interpretativo distaría mucho de la realidad. El diccionario puede servirnos de orientación, pero tan solo la práctica continuada de la interpretación en otros y sobre uno mismo, el conocimiento riguroso del universo personal del visionario, la aparición de arquetipos fácilmente reconocibles, etc. pueden llevarnos a buen puerto. Mi propia experiencia no puedo de hecho analizarla desde una “óptica de diccionario”. Sería ridículo por mi parte, pretencioso, querer interpretar las complejidades subyacentes a toda la parafernalia simbólica que se produce durante las exaces, a la sola luz de un diccionario. Sería como pretender iluminar el Universo con un candil.