El tiempo congelado

Alguna que otra mañana, cuando me dirijo hacia el trabajo a toda velocidad, con la radio a un volumen tal que además de levantarme los ánimos amenaza con reventarme el corazón con su adrenalítica descarga, mientras monto a lomos de mi TT, cuyo motor ruge como león hambriento, me cruzo con la sosegada figura de una anciano que, plácidamente, se encamina sobre su bicicleta, con la azada sobresaliendo nostálgica de la cesta de fruta a duras penas sujeta con cuerdas, enfilando hacia la huerta, viñedo u olivar, allá donde echará buena parte del día, escuchando los cantos de los pájaros, sobre un fondo melódico de silencio, y algún que otro restallar de la férrica herramienta al golpear los numerosos pedruscos que salpican estos terrenos baldíos.

Y siento envidia.

Sana, pero envidia.

  • Envidia de quien no se deja enredar por la apariencia.
  • Envidia de quien ignora el falso deseo del tener, la fatua necesidad que la publicidad y nuestro estúpido sistema de vida nos imponen.
  • Envidia sana de quienes son capaces de vivir con lo justo y necesario
  • Envidia sana de quienes escuchan el auténtico pálpito de la vida, su latir más primigenio…

Siento anhelo por una vida reducida a la contemplación del existir, lo más aproximada a un no-ser, a un pasar sin dejar huella, a un haber vivido sin haber mancillado el Paraíso… Sin tener temor a perder nada, porque nada tenga…

Despacio. Sintiendo. Viendo.

Viendo… porque no vemos.

Simplifica tu vida, me dicen los amigos que de verdad me estiman.

Y yo desoigo sus consejos, y me embarullo cada día con más tesón, en una vida plagada de ceguera.

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Acerca de Raúl Tristán

Psicólogo Col. Nº A-03021. Psicoterapeuta
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