País repugnante

Miércoles, 29 de Julio de 2009 Raúl Tristán

En el espacio de unos pocos días hemos tenido que soportar sobre nuestros hombros la carga terrible de dos violaciones perpetradas contra menores de edad en nuestro país. Estos crímenes, porque no puedo calificarlos de otro modo, han reavivado el debate que otros casos similares, en general de niñas violadas y/o asesinadas vilmente, han despertado en el seno de esta abotargada sociedad en la que nos hallamos: ¿deben ser o no, penalmente responsables los menores, en dichos casos?

Sinceramente, y asumiendo el riesgo que se corre en este país por ser políticamente incorrecto, considero que este tipo de delitos deberían juzgarse como si aquel que delinque no fuera un menor, sino un adulto plenamente responsable de sus actos. Nos estamos haciendo un flaco favor a nosotros mismos, y a las generaciones futuras, promoviendo un estado legislativo y judicial que, en lugar de proteger a los individuos sanos, sus libertades y derechos, defiende los de los miembros más repugnantemente insanos, malignos e indeseables.

Abogo, soy partidario, no solo de juzgar a estos menores con todo el peso de la Ley, sino de ir más allá, dado que las leyes en este país son el hazmerreír del delincuente y el tormento del inocente. Ir más allá en una profunda revisión de hacia dónde nos encaminamos, con un patético sistema educativo que arroja al profesorado a las garras de ciertos niños y adolescentes que, lejos de ser alumnos, son bestias pardas maleducadas, malcriadas, insolidarias… y padres auténticos tarugos, gentuza.

Docentes sin armas para defenderse de la escoria que inunda las aulas, por culpa, entre otras causas, de un sistema educativo que obliga a estudiar a quien no quiere o no tiene capacidad para hacerlo (un país este donde todo el mundo tiene derecho a tener un título, y el Estado el deber de regalárselo); padres sin argumentos, inmersos en una sociedad sin valores, y que son condenados por educar con una bofetada que, sintiéndolo mucho, en ocasiones es necesaria (ojalá le hubieran dado alguna a los miles de mangantes que hay en este terruño pútrido); y fuerzas públicas indefensas ante los maleantes, protegidos no ya por unas leyes estúpidas, sino por una casta judicial que los defiende a capa y espada…

Cuando Dragó llama a este paisucho Vandalia… ¡cuánta razón tiene!

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