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Caídos, víctimas y mártires, de Vicente Cárcel Ortí

Lunes, 28 de Abril de 2008 Raúl Tristán

La Librería

El Sueño Igualitario

 

Novedad editorial

 

 

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519 páginas

15,5 x 23 cm

 

El historiador Vicente Cárcel ha reunido en un libro documentos inéditos del Archivo Secreto Vaticano que atribuyen a quien fue arzobispo de Valencia entre los años 1946 y 1966, Marcelino Olaechea, la intercesión ante Franco por miles de condenados -gran parte republicanos-, de huérfanos o de viudas, consiguiendo la anulación de penas. Estos hechos se produjeron entre los años 1936 y 1946, cuando Olaechea se encontraba al frente del obispado de Pamplona.

El historiador valenciano Vicente Cárcel Ortí recoge en su último libro Caídos, víctimas y mártires documentos inéditos del Archivo Secreto Vaticano que prueban que el arzobispo de Valencia entre los años 1946 y 1966, Marcelino Olaechea Loizaga, “defendió a miles de condenados a muerte, a huérfanos y a viudas” tras la Guerra Civil de 1936, según el autor.

Cárcel añadió, informaron ayer fuentes del Arzobispado, que Olaechea, siendo obispo de Pamplona (1935-1946), escribió cartas a Franco para “salvar la vida de miles de condenados a muerte y consiguió la conmutación de muchas penas capitales, la reducción de penas y la liberación de encarcelados en el Fuerte de San Cristóbal de Pamplona, Navarra”.

Asimismo, organizó la atención de los “huerfanitos de la guerra, como llamaba el propio prelado a los hijos de las víctimas, a los que buscó ayudas económicas e intervino en diversas ocasiones frente a las autoridades locales para conseguir la anulación de condenas”.

“Tal fue su defensa de los detenidos políticos al terminar la Guerra Civil que centenares de presos le enviaron después cartas de agradecimiento”, según el historiador, que añadió que Olaechea “fue uno de los prelados más críticos con aquel régimen político”.

Según Cárcel, “cuando Olaechea era obispo de Pamplona centró su labor pastoral en la reconciliación del pueblo dividido por la contienda”. Al acabar la guerra, “no todo fueron fusilamientos, represiones y depuraciones, hubo también indultos, revisiones de procesos, reducciones de penas, liberaciones de encarcelados, y otros gestos de clemencia gracias a la intervención directa de la Iglesia”, añadió.

El libro Caídos, víctimas y mártires recoge en 520 páginas documentación inédita del Archivo Secreto Vaticano, que “sintetiza la hecatombe de 1936 y desmiente muchos tópicos y mitos de la más dramática década de la historia de España en el siglo XX”.

Vicente Cárcel aseguró que también la Catedral de Valencia alberga más de doscientas cajas con documentación de Marcelino Olaechea de su archivo personal. Este primer libro tendrá su continuidad con próximas publicaciones, según el arzobispado, dado que la investigación que desarrolla el historiador sobre la Guerra Civil española podrá prolongarse durante los próximos diez años.
El próximo volumen, editado por la BAC (Biblioteca de Autores Cristianos), tiene prevista su publicación el próximo mes de mayo.

La postura ambivalente del prelado de la riada

Marcelino Olaechea (Barakaldo, 1888 – Valencia, 1972) es recordado especialmente en Valencia por su activo papel de ayuda a los damnificados por la riada de 1957. Donó su anillo y su bastón para que fueran subastados en la iniciativa impulsada por Radio Juventud de Murcia y por cada una de estas piezas se obtuvieron 6.000 euros. Además, aquel 14 de octubre dio alojamiento, alimentos y ropa de abrigo en el Palacio Arzobispal a 412 personas que habían quedado sin hogar.

Impulsó asimismo las brigadas de trabajo formadas por seminaristas y visitó los barrios para estar con los afectados. La preocupación social es uno de los rasgos definitorios del periodo de Olaechea en Valencia. Uno de sus principales empeños fue la lucha contra el chabolismo, que la inmigración hizo crecer ante el incipiente desarrollo económico de la ciudad.

Cuando la Guerra Civil, el prelado –cuyos restos descansan en la capilla de Santo Tomás de Villanueva de la Catedral de Valencia- era obispo de Pamplona y, según ha reflejado la historiografía hasta ahora, mantuvo una postura ambigua, con algunos gestos significativos si se tiene en cuenta la dificultad de la etapa y la posición que adoptó mayoritariamente la institución eclesiástica. Así, no dio una muestra de adhesión al alzamiento de Franco (no asistió a la misa de campaña que montaron los requetés), aunque a final de agosto de 1936 sí que convocó una “procesión de rogativa” por lo que calificó de “cruzada por la causa de Dios y por España”. Afirmó también su “cariño” a la Falange. Según algunos historiadores, no accedió a las primeras peticiones de intercesión por los presos, pero en noviembre pidió el fin de las sacas y la represión sin juicios. Ni una gota de sangre de venganza tituló un discurso.

Levante-EMV

 

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