Los Príncipes y El Jueves: ridículo judicial
Hace un tiempo vivimos en Europa el episodio absurdo del revuelo organizado por unas caricaturas de un profeta y su Dios, y los europeos liberales nos unimos en un sólo grito bajo la consigna ¡Libertad de expresión!
Hoy, en la España zapateril, un simple juez osa amenazar la libre expresión de un medio de comunicación que viene, desde su nacimiento, ofreciéndonos su sátira, su cinismo, su ironía, su particular sarcasmo, en un ejercicio sano de esa libertad de expresión, de comunicación, de información.
Que en pleno siglo XXI debamos vivir condicionados por una obsoleta Constitución, que considera a la Monarquía como un sistema todavía válido, y a cuyos representantes otorga derechos por encima de los demás ciudadanos, me parece un signo evidente de la necesaria reforma constitucional que este país precisa.
Monarquía y nobleza son dos anacronismos que debieran ser barridos de una vez por todas del mapa español. Una república presidencialista, un futuro más acorde a los nuevos tiempos.
Hay quien dice que esta ha sido una maniobra premeditada de “Rodríguez” para poner en tela de juicio esta figura institucional… Si es así, ha conseguido su objetivo, pero porque en el fondo, los españoles, no queremos seguir manteniendo un statu quo absurdo, retrógrado, y pensamos que ya va siendo hora de que esta “familia real“, que crece cada día de forma vertiginosa, casi que exponencial, deje a un lado sus prebendas y eche mano del arado, del pico minero y no de la Visa Platino con cargo a los presupuestos generales del Estado.
Sí, la satírica viñeta de “El Jueves” no hace daño a nadie, se limita a criticar con humor las incongruencias de esta nuestra sociedad “moderna”, o sea, lo que siempre ha hecho, incluso con cabezas más altas… ¿Acaso no creemos los españoles que nuestra realeza y principesca se da al folgar sin “Control” porque “invita la Casa”, la “Casa Real“? Que le pregunten al españolito medio, ahogado por la hipoteca y las facturas del colegio de los niños, si acaso puede permitirse pasear a sus vástagos vestiditos siempre del mismo modo, todos como querubines, igualitos… o acaso debe aprovechar la usada ropa que pasa de generación en generación…
No nos rompamos las vestiduras por críticas humorísticas o periodísticas a una Institución que cumplió su papel durante la Transición, y bien, pero que, pasada ésta, debiera extinguirse con la figura de D. Juan Carlos. El resto, marichalares y urdangarines varios, o letizias, nos sobran. Además, como decía al principio, si es lícito y asumible criticar con humor a un Dios y su profeta, más lo debe ser a un Rey, o a un Príncipe, o a un principesco matrimonio, ¿no?






