Reciclar sin incordiar (I)
Sábado, 27 de Enero de 2007
(Publicado el 7 de marzo de 2006 a las 01:10 horas, en mi columna Punto Crítico, de Diario Siglo XXI)
Partamos de un presupuesto: reciclar es un deber moral, una autoexigencia que deben imponerse los ciudadanos responsables. Ahora bien, ¿es posible exigir a todos los ciudadanos en el mismo grado la obligación moral de reciclar? y ¿qué responsabilidades son exigibles al gobierno, ya sea local, autonómico o estatal, ante tal exigencia, si se produce por su parte y bajo el auspicio de una legislación?
Estas preguntas surgen como consecuencia de la observación de ciertos hechos que, a diario, desfilan por delante nuestro. Sí, en cada ocasión en que somos conscientes del acto volitivo en el que elegimos en la alternativa de reciclar vs no reciclar.La primera de nuestras preguntas se nos manifiesta de forma contundente, casi brusca, cuando llevamos a cabo la compra semanal, o quincenal, por la que aprovisionamos de productos alimentarios, y otros varios, nuestro hogar. El ritmo de vida actual nos obliga a disponer de grandes congeladores en los que almacenar un elevado y variado conjunto de alimentos que nos permita prescindir de la tediosa (y absorbedora de tiempo), tarea logística. Y ahí están, para facilitarnos tanto la compra como el stockage, los envasadores de productos. Patatas enmalladas o embolsadas, al igual que zanahorias, tomates, judías verdes, quesos, embutidos,… cuando no, convenientemente dispuestas, o alineadas, o en perfecta formación, sobre una nívea bandeja, de un supuesto derivado del petróleo “apto para uso alimentario” (hasta que se demuestre, dentro de cien años, lo contrario), y que luego es retractilada. Antiguamente, nuestras abuelas acudían con sus carritos, o sus bolsas, y compraban al peso una mercancía que el tendero se ofrecía a embalarles en papel de periódico, o de estraza. Ahora, nos resulta imposible evitar que, a nuestro regreso a casa, y tras recolocar las provisiones en el congelador o la nevera, una enorme montaña de restos plásticos de retractilar, de bandejas, de mallas plásticas y, cómo no, de bolsas (estas últimas, por cierto, han tenido en ciertos establecimientos la capacidad de encoger con el paso del tiempo, de modo que, al cliente le da la impresión de continuar llevándose la misma cantidad de compra o más, cuando en realidad se lleva menos y más cara…). Así pues, el primer asunto que debemos cuestionarnos es: si la sociedad consumista me impide elegir, empujándome, obligándome a abusar de los envases, si me hallo impotente ante el imperio del celofán, el polipropileno o el polietileno, incluso el cartón, ¿por qué el Estado no interviene ante tamaño abuso de envases e impone sistemas de envasado que produzcan un menor impacto?. Respuesta: es más sencillo y positivo para el sistema capitalista/consumista seguir ignorando las responsabilidades empresariales y cargar con los costes del sistema a los ciudadanos, que se ven obligados a pagar el envase y después a deshacerse de él en su bolsa de basura “común” (con el consecuente impacto) o a hacer una laboriosa labor de criba y almacenaje selectivo que le suponen tiempo, espacio y molestias en su hogar. Hay que ser conscientes de que debemos separar más de cuatro tipos de residuos: a. Vidrio, b. Papel y cartón (limpios), c. Envases de plástico, aluminio, acero, etc… d. Pilas.
Impensable. Ilógico. Pero a fecha de hoy, la solución existente (propuesta e impuesta) al despropósito del crecimiento casi exponencial de los RSU es esta, no otra.
La segunda cuestión nos surge al hilo de esta primera: tal separación de residuos implica la existencia de algún elemento de almacenaje próximo a la vivienda. Ese elemento, hoy por hoy, es el contenedor. La problemática de los contenedores será el objeto del próximo artículo.
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