Esta noche, entrevista a Raúl Tristán en Popular TV




(Publicado el 15 de marzo de 2006 a las 03:33 horas en mi columna Punto Crítico, de Diario Siglo XXI)
Después de haber expuesto en los dos artículos precedentes los problemas existentes para el ciudadano en materia de reciclaje, es hora de reflexionar acerca de las posibles soluciones.
En primer lugar, concluir que, en las zonas de nuevo desarrollo urbanístico, se debe primar el empleo de medios de recogida selectiva soterrados como mínimo, siendo preferibles las instalaciones neumáticas domiciliarias o que al menos engloben a una comunidad de vecinos. Ya sabemos que para el ciudadano responsable, el reciclaje es una cuestión de convencimiento, pero no todos los ciudadanos son responsables con el Medio Ambiente y, en determinados casos, aun queriendo serlo no lo son por motivos múltiples: enfermedad, invalideces, tiempo… Debemos tratar entonces de evitar al ciudadano tareas extras que le signifiquen un coste en tiempo o sacrificio personal. Haber planteado desde un inicio un sistema basado en la recompensa (económica, cultural, etc..) no hubiera sido ninguna locura: las empresas nos cobran varias veces el material que nosotros les facilitamos… y ellas no nos dan nada a cambio. Antes, las calles se encontraban limpias de chatarra, electrodomésticos y cartones, y no porque una empresa se encargara de recoger todo ese material abandonado, sino porque había personas que obtenían un beneficio directo con su recogida y posterior venta. Así pues, debemos recompensar al ciudadano responsable, y si no lo hacemos económicamente, debemos hacerlo ahorrándole costes suplementarios. Y no es que no sea de la opinión de que lo que debe hacerse no debe de ser recompensado, sino que creo que es un medio más para fomentar el comportamiento adecuado. ¿Recuerdan cuando las botellas de cristal eran retornables, se nos cobraba ”el casco” y debíamos devolverlo a la tienda para que se nos reintegrara cierta cantidad?. ¿Porqué ahora no se hace lo mismo pero con más tipos de envases?. Esta es otra solución a anotar.
En segundo lugar, las calles deben de estar limpias. Limpias higiénicamente, limpias visualmente. El exceso de contenedores existente es dañino para la salud, la vista, el olfato, el aparcamiento, el paso de peatones, … En todo esto también salimos beneficiados con los sistemas comentados.
En el caso de zonas urbanas donde la densidad de la edificación o la poblacional, o la estructura urbanística misma impida el empleo de sistemas como los expuestos, entonces deberíamos plantearnos si no nos compensaría un sistema separativo en origen o combinarlo o sustituirlo por la selección en un centro previo al tratamiento o eliminación, partiendo de la base de que esta segunda opción comporta una disminución del valor de los productos reciclables. Por otra parte, estos centros deberían multiplicarse y aumentar su capacidad: toneladas de materias primas útiles se pierden en los vertederos por falta de una concienzuda revisión de todo aquello que arrojamos a los contenedores “verdes”. Sería además, una forma de lograr más puestos de trabajo.
Concluyendo. Desde ni humilde punto de vista, la administración debe:
1.- primar la reducción, por parte de las empresas, del empleo de envases y embalajes; y penalizar el uso excesivo de los mismos.
2.- primar la devolución “a la tienda” de ciertos tipos de embalajes/envases.
3.-promocionar la instalación soterrada de los contenedores, o de sistemas neumáticos.
4.- incrementar la selección en centros de separación, previos a la eliminación o tratamiento.
5.- primar, en envases y embalajes, el empleo de materiales, no ya reciclables, sino completamente biodegradables y que no causen perjuicio alguno medioambiental.
(Publicado el 9 de marzo de 2006 a las 01:20 horas en mi columna Punto Crítico, de Diario Siglo XXI)
El otro día llegábamos a dos conclusiones fundamentales, desde el punto de vista del ciudadano:
1- Existe un exceso de embalajes (por abuso irracional de los mismos por parte de las empresas).
2- Su procesamiento implica una carga de trabajo para el consumidor.
A esas conclusiones podemos añadir lo siguiente: determinadas características de los envases los convierten en objetos indeseables, más que útiles. A saber: su elevado número implica un volumen generado de residuos enorme, difícil de almacenar en el hogar; es destacable su escasa biodegradabilidad; y, en algunos casos, pecan de cierta toxicidad para el medio.
Por lo tanto:
1- Debe disminuirse el empleo de embalajes.
2- Deben desarrollarse embalajes que sean, no sólo reciclables, sino biodegradables, y de ciclo cuanto más corto, mejor.
Estas dos acciones contribuyen a reducir el volumen de residuos generados, disminuyen la carga de trabajo del consumidor, aminoran el gasto energético necesario para la transformación de las materias primas en embalajes y el preciso para su posterior reciclaje. Con ello, la contaminación consecuente de todos los procesos implicados (de la cuna a la tumba) decrece.
El consumidor, a su vez, agradece que el volumen de residuos que debe almacenar en su hogar hasta el momento de depositarlos para el reciclaje, disminuya.
Pasaremos ahora a analizar otro de los problemas consecuencia de la política de reciclaje: los contenedores de RSU.
Toda ciudad precisa de un servicio público o privado que se encargue de la retirada de los RSU, o sea, fundamentalmente la basura que generamos en nuestras casas. Una ciudad que careciera de éste servicio nos resulta impensable hoy en día. El problema radica en el método empleado: los contenedores.
Como ya sabemos, el uso de contenedores provoca una serie de problemas en función de la calidad de la recogida, como son: higiénico-sanitarios (foco de olores, enfermedades, parásitos, atracción de animales que rebuscan, ruidos …), estéticos, prácticos (reducen el espacio urbano disponible)…
En algunas ciudades han comenzado a ejecutarse proyectos de recogida neumática (Ecociudad Valdespatera, a las afueras de Zaragoza), pero este sistema adolece de la problemática de que sólo es posible llevarlo a cabo en asentamientos que partan de cero, no en urbes ya establecidas. En otros casos se ha procedido al soterramiento de las zonas de recogida, de modo que en el exterior no existe signo visible de las mismas, salvo las bocas o buzones por las que arrojar los residuos, es un sistema que puede ser establecido en algunas zonas de una ciudad, pero no en todas.
El problema se ha visto agravado debido al incremento del número de contenedores, consecuencia por una parte de la densidad de población, y de la mayor selección que el ciudadano debe efectuar en su domicilio. Este incremento provoca que en una calle predominen como “elementos de mobiliario urbano” los contenedores de diversos colores, tamaños y formas, con la ya señalada reducción del espacio urbano y el incremento de los riesgos higiénico-sanitarios antes indicados.
Los consistorios, y las empresas, han cargado la responsabilidad y el trabajo (gratuitos, para más inri) del reciclaje, sobre los consumidores-ciudadanos, sin reparar en la problemática que ello les suscita. El ciudadano-familia debe asumir toda la carga de trabajo que supone la selección para el reciclaje y su transporte y descarga en los puntos adecuados. Además debe sufrir como ciudadano-peatón los problemas que le causan la multitud de contenedores abigarrados por las calles de su ciudad. Lo mismo vale para el ciudadano-conductor.
Considero que la política de reciclaje por el ciudadano no es la mejor posible, y ya he expuesto el porqué. Ahora toca exponer soluciones más adecuadas a la realidad que vivimos. Pero eso será otro día.
(Publicado el 5 de enero de 2006 a las 23:53 horas, en mi columna Punto Crítico, en Diario Siglo XXI)
Continuando con las elucubraciones sobre la Ley Antitabaco, he podido constatar lo que afirmaba en mi artículo del martes, en relación a los bares: la gran mayoría, es decir, todos, son de fumadores, con lo cual, los apartados en ghettos vamos a ser los no fumadores, al menos si queremos estar en bares libres de humos…
Por el contrario, mi sorpresa ha sido mayúscula en lo referente a los grandes centros comerciales: en ellos, ni un solo cigarrillo. ¡Y créanme que se notaba la menor polución del aire!. Esperemos que dure esta situación…
Por otra parte, me parece adecuada la decisión de no financiar los tratamientos para dejar el tabaco, pero entonces ¿porqué se financian los de otras adicciones?.
Se cuestionan en las empresas qué es lo que pasa con aquellos trabajadores que se quieren echar un pitillo en horas de trabajo… Pues debería pasarle lo mismo que al que quiere echar una cabezada, tomarse unas tapas o hacer el amor: que se espere a salir del trabajo y llegar a su casa.En otro orden de cosas, pero siguiendo con la misma temática, se deben de hacer una serie de reflexiones que el pueblo llano ya ha hecho por activa y por pasiva, pero a las que nuestros políticos no han querido prestar la más mínima atención.
En primer lugar, ¿porqué si el tabaco es tan malo (no se le conoce efecto positivo alguno, aparte del de reducir el síndrome de abstinencia de él mismo), el gobierno sigue permitiéndolo como droga, cosa que no hace con otras similares?.
¿Porqué sigue “ganando” dinero con los impuestos con los que lo grava?.
No es lícita moralmente una actitud ambigua, de veleta que se orienta a un lado u otro según el Ministerio desde el que se considere: Sanidad o Hacienda.
En segundo lugar, ¿porqué no admitir de una vez por todas que la malignidad del tabaco reside en su mayor porcentaje en las sustancias ajenas a la planta, que se le agregan en fábrica para conseguir, entre otros objetivos, una adicción más rápida y duradera, más fuerte, más difícil de vencer?.
Esta es una realidad que está ahí, y el Gobierno no se puede evadir de ella. Al igual que la Coca-Cola tiene una formulación desconocida, el tabaco incorpora seguramente un sinfín de compuestos químicos ignorados que constituyen el verdadero problema de salud del mismo. La planta de tabaco, adecuadamente usada, no causa los estragos que causa el tabaco manipulado.
Recuerden la diferencia existente entre el uso ancestral de la hoja de coca y el reciente de la cocaína…
En fin, que seguiremos tomando el vermouth en atmósferas contaminadas, pero al menos trabajaremos con menos malos humos, iremos a los centros comerciales a respirar aire puro y la administración nos atenderá en un ambiente límpido y cristalino, sin smogs malsanos que puedan ocultar trapicheos y manos negras…
(artículo publicado en mi columna Punto Crítico, de Diario Siglo XXI, el 3 de enero de 2006 a las 01:37 horas)
Cuando este artículo vea la luz, estaremos en el tercer día ‘libre de humos’, pues se supone que la nueva y recién aprobada Ley Antitabaco habrá comenzado su andadura.
Hasta hoy me había resistido a hacer comentario alguno al respecto de dicha Ley. Como no fumador convencido, como fumador pasivo siempre agredido, soy un gran escéptico ante todo este tipo de leyes que prometen y aseguran acabar con nuestro sufrimiento.
Ya en 1988 entró en vigor una novedosa legislación, que tardó años en llenar paredes y columnas de pegatinas en rojo y blanco que nos recordaban que en la zona en la que eran exhibidas estaba prohibido fumar “en virtud del RD 192/1988”.
Estamos en 2006, y por muchas pegatinas y carteles, por muchas prohibiciones ya existentes, los no fumadores nos hemos visto obligados a respirar los malos humos de nuestros respetados y temidos contaminadores ambulantes.
La nueva Ley implica lo que ya implicaba el RD, que aquel ciudadano que no quiera absorber por vía respiratoria la basura que otros expulsan a la atmósfera, tendrá que enfrentarse en persona al infractor, o dirigirse al responsable de que la norma se cumpla. Es decir, los no fumadores seguiremos expuestos a las reacciones furibundas y airadas de aquellos que llevan más de una década pidiendo respeto para su insano vicio, mientras ellos no han respetado con sus cancerígenos y nauseabundos efluvios ni a niños ni a ancianos ni a bicho viviente alguno.
Todos los días, en infinitas y continuas ocasiones, los no fumadores nos vemos obligados a “tragar” por miedo al prepotente fumador que, haciendo caso omiso de las señales, desafía al que quiera retarle al duelo público de recriminarle su falta de consideración.
Todos lo centros comerciales cerrados son un claro ejemplo de lo que digo.
Supongo que, a partir de ahora, lo que habré de hacer es ir con la cámara del teléfono móvil preparada para tener prueba fehaciente de la infracción y denunciar al empresario responsable del cumplimiento de la legislación.
Sí, sólo amenazando y sancionando al responsable del establecimiento podrá acabarse con esta lacra. Hasta ahora esos responsables no han mostrado el más mínimo interés en hacerlo.En cuanto a la decisión de bares y restaurantes de decantarse por la elección entre permitir fumar o no, lamento constatar lo que era evidente: la gran mayoría de los establecimientos de menos de 100 m2 van a seguir siendo ahumaderos pulmonares.Y es que en eso la ley ha errado, debería haber impuesto la prohibición absoluta del tabaco para todos ellos, permitiendo sólo en los de mayor superficie la existencia de “salas de gasificación intensiva para suicidas”. Ese ha sido el gran error que provocará que la situación “siga igual”, o peor, pues en los bares donde esté permitido fumar, ya no se podrá decir ni siquiera eso de “perdone pero me está usted echando el humo a la cara”, pues la Ley estará de su lado, y nos responderán: “lárgate a un bar de los tuyos, de esos sin humos”.
¿Me quieren decir cuántos bares sin humos van a encontrar en su ciudad?. En la mía se estima que cerca del 80% van a ser bares con humos…
“Para crear necesito que la melancolía me abrace como bruma de las Highlands escocesas. Pero la melancolía me ha abandonado, pues sabe que ahora yazco con otra. La furia calienta mi cama.”
Raúl Tristán
28 de septiembre de 2006