Arqueología Industrial
En mi novela inédita “Las Nueve Lunas de Belcebú”, al patrimonio arqueológico industrial de Zaragoza le reservo el lugar de mayor honor.
Lo merece.
Bruno,un joven detective zaragozano, se verá inmerso en esta su segunda aventura en una serie de asesinatos rituales que tienen por escenario distintos edificios emblemáticos de la ciudad que duerme a orillas del Ebro…
¿Por qué cuento esto, se preguntarán?. Pues bien, mi disertación viene a colación de la última barrabasada de Don Gaspar y su tribu, o del Ayuntamiento en pleno, me da igual. La anterior corporación había acordado, creo que por unanimidad, crear el “Museo de la Industria” en la nave central de la antigua, y en parte recuperada, Azucarera. Una magnífica intención que ha echado por tierra el actual equipo, en beneficio de algo que siempre queda mejor de cara a la galería, a la modernidad y a apuntarse tantos y medallas: ser la primera ciudad de España en instalar una biblioteca tecnológica, o virtual, o como quieran denominarla.
No está mal, apoyo el proyecto, pero por favor, no destruyan por el camino los sueños de mucha gente. Esta era una ocasión de oro para tener nuestro Museo de la Industria.
Sacar adelante el Museo del Fuego fue más duro y complicado que un parto de sextillizos.
Ahora, teníamos la posibilidad de reconciliarnos con la historia de esta ciudad que, no nos olvidemos, ha tenido un muy importante pasado industrial que, la machacona y continuada insensatez de nuestros ediles, en muchas ocasiones, por no decir que en todas, se ha visto salpicada por los intereses de especulación urbanística, han concluido con el derribo impune de gran parte de nuestros tesoros arquitectónicos.
Cuando era un crío paseaba mis reales bordeando la enorme finca que guardaba a la Casa Solans. La he visto desmoronarse, ser asaltada y despanzurrada para extraerle de las entrañas cualquier pedazo de metal o de loza que pudiera alcanzar algún valor en el rastro de la Plaza de Toros… Hoy sólo queda un retazo de lo que fue “La Nueva Harinera”, fábrica que ya nadie recuerda ni relaciona con la Casa Solans.
Muchos de nosotros vivimos la época en que las Ferias de Muestras se celebraban en las instalaciones aledañas a la Torre de idem. Poca gente sabe que la torre-faro que hoy se conserva gracias a la Cámara de Comercio e Industria, fue erigida como símbolo del progreso comercial e industrial de nuestra Zaragoza…
De la Azucarera de Aragón se ha salvado bien poco. Desde la ventana de la casa de mis padres contemplaba su enormidad, su fantasmal silueta, el vértigo de sus enormes chimeneas, la oscuridad de sus ventanales de rotos cristales… La he visto decomponerse. La he visto llorar a través de la porosidad de sus nobles ladrillos. He contemplado impotente cómo suspiraban sus tejas, cómo crujían las vigas de madera de sus techumbres,… Algo de ella se salvó, poco, muy poco para lo que nos hubiera gustado a algunos.
otro tanto se podría decir de la Estación del Norte.
Mejor suerte corrió la Fábrica de Chocolates Orús, hoy reconvertida en un embriagador hotel.
¿Y la Fundición Averly?. ¿Alguien me puede decir que la conoce, que ha manchado sus manos con sus herrumbres?.
Yo me siento agradecido por haber vivido mi infancia rodeado de estas maravillosas moles, por haber hollado con mis pies los terrenos de los Solans, por haber tocado los muros de las naves de la Azucarera, por haberme internado en el desconocido y lúgubre mundo de la Estación del Norte…
¡Cuán ingrata eres, Zaragoza, con aquello que no es sino piedra de tus piedras, pilar espiritual de tu historia!.

