El fin: ¿justifica los medios?
Hiroshima y Nagasaki: vergüenza de la mal llamada civilización.
El pasado día 6 de agosto se cumplían 60 años del lanzamiento, sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, de la primera bomba atómica con fines bélicos. Little Boy se llamaba el artefacto, en la consabida costumbre estadounidense de hacer de lo tétrico broma barata.
El después musicalizado Enola Gay se erigía de ese modo en el Mensajero de los Dioses, un mensajero venido del averno; Mercurio de unos nuevos dioses embebidos de la sinrazón que ampara a los poderosos.
A los pocos días, Fat Boy se estrellaba contra el asfalto de las calles de Nagasaki.
Japón tardaría menos de una semana en rendirse.
En el camino, cientos de miles de muertos, cientos de miles de afectados de por vida, generaciones condenadas a sufrir los efectos del desvarío humano.
El horror de la II G.M. había que detenerlo, era preciso. La barbarie nazi, el horror del fascismo italiano, la estupidez de un Japón Imperial que se inmiscuyó donde no debería haberlo hecho… Más muertos, más sangre derramada por culpa de aquellos que se dejaron llevar por las ideas disparatadas de las mentes taradas de sus gobernantes…
Había que detener el horror de los campos de exterminio. Había que detener al sanguinario, pero, ¿a qué precio?.
EEUU, al arrojar su odio en forma de plutonio sobre las dos poblaciones niponas, sobre dos ciudades habitadas por hombres, mujeres, niños, ancianos, todos ellos indefensos, civiles, no hizo sino ponerse al mismo nivel que su enemigo. Jamás una acción bélica, que atente contra la población civil, puede justificarse en modo alguno.
La humanidad debe celebrar el fin de la II GM, pero no puede por ello dejar de condenar la decisión de los EEUU, un prolegómeno de lo que luego ha sido su modus operandi en este planeta.
Mientras los guardianes del globo y los gobernantes de las naciones sigan siendo los ejemplares de nuestra especie poseedores de los cerebros más vacuos y carentes de moral alguna, todos estaremos amenazados de muerte de forma permanente.
Pido perdón a los hibakusha, en nombre de aquella parte del mundo que ganó la guerra.

